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Se muestran los artículos pertenecientes al tema mis artículos favoritos. ...espacios vitales (I) Todos tenemos un espacio vital a nuestro alrededor, a modo de barrera invisible. Ese espacio cambia con cada situación y cada persona. Su tamaño define a las personas de nuestra confianza y aleja a las que no. Cuando nos presentan a alguien como mucho sacamos la mano de ese espacio para ser corteses, luego la mano vuelve a su posición y la barrera se regenera.El contacto físico es el intento de romperlo o de, al menos, ganar posiciones. Cuanto mayor es la confianza con alguien menor es ese territorio no compartido… Cuando nos conocimos su espacio vital era algo más en él que una expresión hecha. A su alrededor su espacio vital no era un recurso, más bien se convertía en una pared invisible y a primera vista infranqueable. Aquel muro, que emitía desde sus brazos permanentemente cruzados, debía estar hecho de algún tipo biológico de metacrilato, porque podía verle perfectamente al otro lado. Y lo que veía me gustaba. Los tímidos deben emitir algún tipo de ferormona irresistible para mí. Ya me lo dijo mi madre “Nena, la cabeza no te cabe por los barrotes” y desde que los bomberos tuvieron que sacarme (mi madre estaba equivocada) sé que no hay muros, ni barrotes que no puedan ceder. Eso sí cuando la extroversión y la locuacidad no sirven, entonces, me quedo sin recursos. Y no hay nada peor que quedarse sin recursos porque entonces sólo te queda ser tú mismo. Y ahí me quedé haciendo piruetas fuera del muro a ver si retrocedía algo. Algunos días creía que se había movido, otros que era producto de la imaginación. Nos mirábamos, hablábamos y nos reíamos a través del muro. Una vez le ofrecí helado y él saco una de sus manos para recogerlo con una cucharilla. Aproveché para inspirar fuerte, a ver si podía captar su olor. Quise poner mi mano cerca para rozarnos de forma “casi fortuita”. Un día él se acercó con curiosidad a mirarme un poco más de cerca, al borde de la barrera. Descubrí que aquel tiempo de aproximación había dado sus frutos y que aunque la barrera existía él la había convertido en una gigante pompa de jabón para que yo pudiera entrar. Delicadamente para evitar una invasión ofrecí mi mano. Él la cogió y sin dejarme de mirar a los ojos me hizo pasar a su espacio vital… Fue después de haberme abrazado cuando me di cuenta. Sólo se podía atravesar aquella barrera ofreciendo mi propio espacio vital. En aquel tránsito, inconscientemente, había dejado caer mis propios muros, mis corazas, había mostrado mis miedos y mis propias debilidades. Y me sentí vulnerable, desnuda y desbordada por aquella colonización mutua que había hecho una realidad la intersección de nuestros espacios vitales… ...a contraluz Dicen que cuando te hacen una fotografía se llevan una parte de tu alma. De ser cierto, tú te llevaste la mía, toda entera, envuelta en papel cuché.Ese verano hacía un calor agobiante. Nos habíamos trasladado a aquel pueblo del pirineo deshabitado buscando un respiro. Los días eran igualmente sofocantes pero, al menos, las noches hacían descender la temperatura. Nos acostumbramos a dormir de día para pasar despiertos las noches hasta el alba. Me arrastraba medio dormida hasta la cocina a preparar algo de comer ya por la tarde. Luego nos tumbábamos en el sofá. Lo habíamos empujado por todo el cuarto hasta la pared cerca del baño, que era el sitio más fresco de la casa. Allí nos quedábamos durmiendo la siesta. Pegados por nuestros cuerpos, con las junturas llenas de sudor allí donde hacíamos contacto. A medianoche revivíamos. Tú montabas el velador más lujoso del porche con una mesa de camping y unas cajas de madera. Yo te veía por la ventana de la cocina mientras elegía que íbamos a cenar. Casi no hablábamos. Sabíamos que se acababa. Que tú te irías con el verano. A pesar de todo yo no podía dejar de ser feliz. Era un punto lejano tu partida. Era una realidad paralela que sólo se materializaría al volver a casa, a la rutina, al trabajo. Después de cenar nos quedábamos abrazados, acariciándonos en el asiento de atrás de aquel coche. Lo habíamos cogido de un desguace y era nuestro diván de verano en la madrugada. Cuando el cariño nos desbordaba nos mudábamos a la habitación. Y volvía a subir la temperatura, hasta que nos quedábamos dormidos bajo una leve sábana. Los días empezaban a acortar cuando me despertó el chasquido del disparador de tu cámara de fotos. La primera me la sisaste dormida, la segunda bostezando, la tercera frunciendo el ceño por debajo de las sábanas. Luego te pusiste a hacerme cosquillas para que saliera de mi escondite, de aquello dan fe dos fotos más. Mi espalda, mi pelo, mis piernas cruzadas y mis hombros completan la lección de anatomía superficial. Levantándome de la cama con la sábana medio tapándome queda una foto a contraluz que casi no se distingue. Una en la ducha, otra lavándome los dientes. Vestida casi desnuda, en tirantes con un vestido de flores. Desnuda casi vestida por la luz del sol. Apoyada en la puerta. Mirándote suplicando que pares. Cerrando las puertas tras de mí. Enfadada, malhumorada, con el dedo amenazante. Encorriéndote con un cubo de agua. La ráfaga de fotos inmortalizó mi caída con cubo incluido. Mis lágrimas llenan varias fotos más. Tirada en el suelo, llorando de rabia como un niño. En la última que disparaste sale el suelo, porque ya habías acudido a socorrerme… Lo había olvidado hasta que esa tarde cuando desperté no estabais ni tú ni la furgoneta. Un par de horas después apareciste. Traías las fotos. Me anunciaste que las viera y que era día 28. Las fui mirando. Eran preciosas. Allí estaba yo. Pequeña, frágil y sin embargo parecía toda una mujer transformada por el amor. La luz provenía de dentro de las propias fotos. Empecé a pasarlas rápidamente por enésima vez. Entonces me percaté, yo estaba en todas y en todas estaba sola. Las dejé con cuidado en una mesa y empecé a llenar la mochila sin mucho orden ni concierto. Me vestí recatadamente por primera vez en todo el verano. Salí con la mochila sentándome en una piedra, esperando. Tú lo habías recogido casi todo mientras yo dormía. Pusiste una cadena a la puerta y subimos a la furgoneta sin intercambiar ni una palabra. Me bajé sin mirarte a los ojos. Arrancaste sin mirar por el retrovisor. Yo no volví la cabeza ni una vez. Al llegar a casa busque las fotos, frenética. En algún momento conseguiste hurtármelas sin que me diera cuenta. Y con ellas te llevaste la luz y el contraluz. Alguna vez cuando alguien extiende un mapa del pirineo se me van los ojos a ese punto concreto donde una vez existió un pequeño paraíso. ...ellos sonMe cuesta escribir sobre mis hijos, para mis hijos. Tal vez porque sea más fácil escribir pensamientos que sentimientos… **************************** Así os siento La paz es veros dormir a mi lado. Juntos, calentitos, como cachorros, con mi abrazo por edredón. La paz es teneros tan cerca que sin moverme pueda oler vuestro pelo, comprobar con mis labios que no tenéis fiebre. La paz es sentir vuestra respiración calmada, profunda, sin miedos, sin pesadillas. La paz son vuestros párpados cerrando vuestros ojos, abriendo la ventana de los sueños. La paz es percibir mientras dormís lo diferente que sois, lo iguales que sois. La paz es vuestra sola presencia, la que me quita los miedos y me ayuda a reconciliarme con el mundo cada mañana. La paz, mi paz, sois vosotros… **************************** ...gorriónSabía que así sucedería. Nunca cerré aquella ventana por si se quería marchar. No tiene sentido retener algo que ya no te pertenece. Había llegado como un viento huracanado. Barrió todos los rincones de mi alma, sacando a la calle las pelusas que el tiempo había hecho crecer. Yo me conformaba con tenerlo revoloteando por mi vida, como un gorrión. Algunas veces se quedaba en el alfeizar de la ventana, mirando al cielo. Yo le espiaba de reojo, quieta, conteniendo la respiración por si echaba a volar. Un mañana me despertó una ligera brisa de finales de verano. Abrí los ojos justo en el momento en el que volvía a alzar el vuelo. Se marchaba a ese azul límpido y sin calima del amanecer. Me volví a tumbar y soñé. Así sucedió, tal y como siempre había sabido. ...amnesia irreversible Miro, el instante que ha fijado la fotografía. Ríes, con la timidez de a quién le avergüenza la risa. Quince años que sujeto entre mis brazos, Al compás del último disco robado.L.E.Aute Ya no la reconozco. Tiene todo ese aire de inocencia que da la juventud. Esa media sonrisa al fotógrafo la delata, seguro que es el chico que le gusta. Desconoce que él se ve con otra a escondidas. Mientras le dice que es muy fotogénica le está poniendo unos cuernos de órdago. Es el primero que le miente, pero no el último... Cumplió 18 años hace poco y se cree muy segura de sí misma. Sonríe ingenua de que su vida va a cambiar para siempre en unos meses. Acaba de llegar de estar una temporada fuera y de su pelo cuelga una de esas coletas que se hizo trenzar en Covert Garden. Está muy delgada, casi demasiado y su madre ha puesto el grito en el cielo. Está a punto de cortarse el pelo. Ya no la reconozco. He puesto la foto al lado del espejo y ya no tenemos nada en común. En algún momento nuestras vidas fueron la misma, pero yo ya no lo recuerdo. Me son ajenos sus sentimientos. Es otra vida, una que tal vez viví sin ser consciente. O tal vez alguien puso todas esas fotos en el álbum, pero no son mías. Por mucho que he ensayado esa sonrisa, no soy capaz de imitarla, sólo sale una grotesca mueca. Ni todo el colirio del mundo puede recuperar ese brillo. Aceptémoslo, me he perdido parte de mi vida. Nadie en la calle puede adivinarme viendo a esa chica que me es ajena. Ya no me reconozco. ...Madrid también es míoEste fin de semana viene mi tía de Madrid. Es la primera vez que hace el recorrido Madrid –Zaragoza sola, sin mi tío que murió el octubre pasado. Imagino que durante el trayecto su mente recorrerá varias veces todos esos recuerdos que a veces deseamos mantener bajo llave. Quiero a mi tía casi tanto como a su hermana, mi madre. Y es que no en vano ha sido otra madre para mí. Mi referente afectivo en las vacaciones de mi infancia. Ella, mi tío y mis dos primos eran la familia sustitutiva que tenía durante semanas… Mi madre me mandaba a Madrid a casa de mis tíos porque no teníamos un duro para irnos de vacaciones. Así que cuando había vacaciones escolares como Semana Santa o verano me colgaban una tarjetita del cuello y me subían al tren: próxima parada Chamartín. Recuerdo el barrio de Hortaleza perfectamente cuando apenas había nada y sólo llegaba el 9 (creo que era ese número) ahora hay hasta metro. Los cursillos de natación de veranos los hacía en la piscina municipal del barrio. El Palacio de Cristal, que en mi mente sabe dios que imaginaba que era, pero sólo el nombre ya era emocionante. Hasta una vez me perdí en la Cuesta Moyano, pero claro quien se resistía a no pararse entre todos aquellos libros, las mesas me llegaban hasta la nariz y tenía que ir poniéndome de puntillas. Aún tengo “El principito” que me compraron allí. En fin tantos recuerdos. A los 12 años Madrid me parecía “lo más”.Luego la vida me alejó de allí. Este otoño murió, demasiado pronto, mi tío, al que yo adoraba. Y entonces visité aquellos sitios de Madrid donde nunca había estado, como el tanatorio de la M-30, el cementerio…Fui consciente de que había muerto una parte de mi infancia. Cuando subí al autobús de vuelta me dije que no volvería salvo que fuera estrictamente necesario. Han pasado casi siete meses y las sensaciones de rencor hacia ciudad que atesora parte de mi vida han ido difuminándose. Hoy quiero volver a Madrid. ...una vez sentí (segunda...)…todo lo que imaginaba pasaba o mejor dicho imaginaba que pasaba. Desde el principio soñaba que te amaba. Y a pesar de que dormías a mi lado, te limitabas a buscarme cuando la urgencia del alivio o un sueño te despertaban en mitad de la noche. Y entonces empecé a sentirme sucia. No creo recordar si alguna vez me sentí amada por ti. Seguro que debió ser así, que alguna vez fue real. Pero yo… no lo recuerdo. Tomé consciencia de que todo aquello sólo era el fruto de lo que yo sentía. La tristeza fue sutilmente ganándome. Lloraba a menudo. Te volviste inmune a mis ruegos. Sin embargo yo siempre sonriendo delante de todo el mundo. Aguantando toda aquella mierda social. Era como estar enterrada viva. Probablemente tuve que morir para poder empezar a respirar de nuevo. Es imposible olvidar el día que me levanté y te habías vuelto transparente. Podía ver más allá de ti. Todo aquel mundo que antes se acababa en tus brazos, ahora empezaba a partir de ti. Tan inocente como una niña, aún me quedaba la esperanza de que intentaras recuperarme. Pero nunca fue tu intención, decías que no te dejara, pero sólo argüías razones tan banales que ni te oía. Ni siquiera entonces, cuando me alejaba de tu vida, fuiste capaz de decirme que me querías. Ni siquiera para retenerme, ni siquiera aunque fuera mentira. ...una vez sentí (primera entrega)Hubo un tiempo en que tu cuerpo fue principio y final. Todos mis proyectos, mis inquietudes, mis penas y mis alegrías arribaban en tu piel. Yo sólo aspiraba, después de un mal día, a llegar a ti y refugiarme en aquellos brazos, en silencio, sintiendo como pasaba el vértigo a pesar de elevarme cientos de metros por encima del atronador rumor de la ciudad. Y yo te abrazaba y te sujetaba con mis piernas, atrapando ese segmento de verdad, mi verdad. Tu te convertías en un cielo canela que caía implacable sobre mis fatigas convirtiéndome en todas aquellas amantes que quise ser para ti. Si tenía los ojos cerrados imaginaba tu cadera marcando la cadencia que buscaba mi fe. Si los abría veía los tuyos cerrados, con tu barbilla siguiendo el ritmo de nuestros cuerpos. Eras aquel lugar donde todo empezaba cada día. ...pastillas rojas para olvidar (primera entrega)Llegué a aquel grupo con algo común a todos ellos, el gusto por la lectura. Desde el primer día me sentí bastante bien. Se reunían una vez al mes y había gente muy dispar en edad y condición. Hubiera preferido que nada hubiera cambiado, que hubiera seguido siendo ese grupo de personas hablando de sus inquietudes y proyectos, forjando amistades. Pero esta habilidad mía por complicarme la existencia hizo que aquello diera un giro inesperado. Mentiría si dijese que fui aquella tarde a su casa a tomarme sólo un café. El me había invitado y yo sabía que no era una invitación inocente. No había mucho que hablar. Así que cuando a las diez y media de la noche recogí, con desgana, el tanga de entre las dunas de su edredón nórdico, no estaba muy sorprendida. Se que tarde o temprano la vida me pedirá explicaciones de haberme metido en aquella cama. Esta vez al menos contaba con la ventaja del que no oye las palabras porque simplemente se deja llevar por un camino ya conocido. El no paraba de hablar de sus sentimientos, de sus relaciones anteriores, de lo que necesitaba y yo….yo mientras, me fumaba su tabaco, me bebía su café, gastaba sus condones y callaba. Principalmente no tenía mucho que decir, pero tampoco creo que me hubiera escuchado, que me hubiera entendido. Fueron tres semanas de Febrero tan intensas como efímeras. Un día al levantarme me dijo que quería espaciar nuestros encuentros.. Me levanté, sonreí y le contesté que no se preocupara. Aquel día hacía mucho frío. Convinimos mantenerlo en secreto. Supongo que él tenía miedo al volvernos a encontrar con los demás, pero conozco bien las reglas y yo era la intrusa, la recién llegada. Lo he seguido viendo y hablando con normalidad, eso sí no he vuelto a su casa, se bien que no es lo que quiero. Hay espejismos que ya desde lejos sabemos que son sólo arena. Yo guardaré el secreto ¿me lo guardarás tú a mí? ...nacer sin alasMiguel es un amigo que conocí hace poco. Es una persona de esas que a los cinco segundos sabes que estás delante de una buena persona. Aprobó unas oposiciones, algo así como de trabajador social. Nunca había entendido bien a qué se dedicaba. Hace unos días me lo encontré en mitad de la calle hablado con un chico marroquí de unos 12 años mientras le regateaba un balón. Miguel es “acercador de colegios”. Su misión principal es acercarse a los hijos de inmigrantes que viven en las zonas más desfavorecidas de la ciudad. Estos niños casi no hablan el idioma y por supuesto es muy complicado que se integren en un colegio. Muchos de estos niños, especialmente los que ya están cerca de la adolescencia son una presa fácil para traficantes de droga, así que Miguel también se ocupa de alertar si en la zona existe algún indicio de peligro de este tipo. Cada día Miguel carga la mochila de balones, chicles y algunos cuentos. En algunas ocasiones les invita a acercarse a la verja del colegio a ver jugar a otros niños y en ocasiones cuando el recreo está vacío entran a jugar. Poco a poco Miguel los va conociendo a todos y ellos confían en él. Cuando llevan un tiempo aquí y su dominio del idioma es mejor van al colegio. Al principio no quieren quedarse, pero casi siempre la escolarización es un seguro de vida, al menos hasta la secundaria. Desde luego no todas las historias tienen final feliz. Hay historias muy tristes con finales nada recomendables para personas con sentimientos. Pero esta es la historia de Miguel, no de esos niños. Por eso quiero un final feliz Yo cada vez que lo veo pienso que algunos ángeles nacen sin alas. ...en busca de la propia identidad El nombre es una parte importante de nuestra identidad. Igual éramos los mismos llamándonos de otra manera o igual no. En mi caso tardé bastante en averiguar mi propio nombre, pero cuando lo hice me lo quedé para siempre. Yo no tuve un nombre desde el día que nací, más bien tenía 3 ó 4 que circulaban por mis familiares al libre albedrío de quien me llamaba. Nadie me llamaba por mi verdadero nombre, el que figuraba en el registro. Mi madre me quería llamar Patricia, pero a mi padre no le gustaba. Mi padre me quería llamar Sonia, pero el señor del registro le dijo que no era un nombre católico (hasta aquí llegaban) y que no me inscribían. Así que mi padre se encaró con el del registro y le dijo que me pusiera el nombre que quisiera que ellos me llamarían como les diera la gana. Mi nombre lo eligió un funcionario de Franco detrás de una ventanilla un día de nochebuena por la mañana. Al menos no eligió mal. Durante mi infancia mucha gente me llamaba Sonia, que era como me llamaba mi padre. Otros me decían Vicky porque siempre llevaba el pelo cortado como Vicky el Vikingo y mi madre me llamaba como le ocurría, bollito, nena etc… No fue hasta que empecé el colegio que supe toda la verdad. Allí estaba yo con mis 5 años y mis dos coletas, esperando a entrar en mi primer día de colegio. No tengo recuerdos de no querer quedarme, ni de llorar los primeros días. Más bien de esperarlo con ansiedad, de estar deseando saber que ocurría. Lo nunca hubiera pensado es que volvería a casa con el nombre cambiado. No tuve que esperar mucho. A primera hora pasaban lista. Llevaban un rato nombrando a una niña que parecía no estar en clase. Todos mirábamos a derecha e izquierda a ver si la niña aparecía, en ese momento la monja se me acercó y me dijo, “Pero si eres tú¡¡¡” Tengo que aclarar que la monja no tenía poderes, es que al entrar nos habían puesto unas etiquetas confeccionadas con el nombre de inscripción en el colegio. “Yo no me llamo así¡¡” le dije muy seria. Así que allá se fue la monja a por mi ficha de inscripción del colegio. “Claro que eres tu¡¡” me gritó mostrándome la ficha, por otro lado es inútil enseñarle un papel a un niño que todavía no sabe leer. En el recreo mis compañeros me decían “Entonces ¿cómo te llamas?” “Pues no se” Cuando salí del colegio me fui directa a mi madre. La cual me explicó todo aquello del funcionario del registro y que yo en realidad me llamaba como mi familia me llamaba siempre. Pero aquella explicación no me convenció. Pase unas semanas en las que en el colegio me llamaban de un manera, en casa de otra… Un buen me levanté y le dije a mi madre “Mamá me quiero llamar de verdad” Y así fue como informé a todos mis familiares de que mi nombre real era otro, uno que ni siquiera conocían y que desde ese momento en un plazo de 3 meses todos tenían que empezar a llamarme por mi nombre real. A los 3 meses dejé de contestar por ninguno de los otros nombres. Un día mi abuela me dijo “Muy bien” Y me entregó mi bata del colegio con mi nombre bordado. Ahora busco mi identidad pero en otros niveles, pero nunca podré olvidar que lo primero que encontré fue mi propio nombre… ...lo que cuesta aprender "Se lo dijeron y lo olvidó,lo vió y lo creyó, lo hizo y lo comprendió" CONFUCIO . . . ...la cajita de música Cuado era pequeña me fascinaban las cajitas de música. Particularmente me gustaba una de color rojo, preciosa, que era propiedad de mi prima. Ella era bastante mayor que yo y por supuesto no me la dejaba. Aún así no perdía la oportunidad, en cuanto me sabía lejos de todas las miradas, de escabullirme furtivamente hasta su cuarto. Allí me subía a un taburete y cogía la ansiada cajita. El corazón me latía a toda velocidad. Sabía perfectamente que estaba cometiendo algo que no debía y esa mezcla entre excitación y miedo hacía que fuera mucho más interesante. Cuando ya tenía toda la cuerda dada era el momento de abrir la cajita. Todavía noto toda la sangre arremolinándose en mis mejillas. Es curioso pero cuando eres pequeño no mides la reacción de tus acciones, el hecho de ejecutar tus acciones supera el después con creces. Nunca parecí entender que el objeto de mi deseo, oír la música, ver a la bailarina moverse como un poseída encima del espejito redondo que aparecía al abrir la tapa, ese mismo acto era el que ponía fin a mi fechoría. Alertados por la música todo el mundo empezaba a buscarme y me encontraban allí, como drogada con la cajita. Por supuesto me la quitaban no se fuera a romper. Y yo siempre les miraba con la misma cara de odio y pensando que las próxima vez tendría más cuidado. Creo haber contemplado la posibilidad de secuestrar a la bailarina. No debí ser una niña fácil. Ahora ha pasado el tiempo y tengo que reconocer que he dejado de abrir muchas cajas por muy bonitas que fueran por fuera. Otras parecían más discretas pero por algún motivo han llamado más mi atención. Que me encontré con cajas vacías de música. Que la mayoría de las veces nadie me las ha arrebatado, sino que las he cerrado voluntariamente o cuando ya la música había dejado de sonar. Que en muchas ocasiones me he convertido en la bailarina que danzaba poseída al compás de algún encantador de serpientes. Que otras cajas las tuve que cerrar antes de tiempo. Y que en general conforme me hago mayor abro menos cajas y tengo menos esperanzas de que la música suene cuando lo hago. Y sobre todo que una vez que he abierto y cerrado una caja no la suelo volver a abrir. ...que sepa volar ...mi compañero ideal... debería saber volar...mis sentidos adormecidosEsa última gota de lluvia que resbala en un cristal Esa brisa que sale del mar en invierno El olor de tu colonia encontrada casualmente en alguien que pasa Escuchar la risa de un niño y volverte mirarle Sumergirme en la sección de libros Subirme en un ascensor y pensar en ti Perder la noción del tiempo Encontrar ese vinilo y ponerlo Mirarte en la oscuridad del cine Sentir un escalofrío al contacto de unos labios Verte cruzar todos los días y saber que estás bien Olvidarme de olvidarte… |
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